Este artículo deriva de la conversación que sostuvimos en el episodio 1 “Me lo mando mi tía por WhatsApp”, de la segunda temporada del Podcast “Del Dicho al Hecho”.
Por Daniela Mendoza Luna
El mensaje urgente en el chat familiar, ese instante cotidiano en el que un ser querido, con la mejor de las intenciones, comparte una noticia inverosímil o un video manipulado, nos enfrenta a una dolorosa encrucijada.
El dilema es claro: ¿mantener la paz ignorando la falsedad o arriesgarnos al conflicto intentando corregir al pariente? Este escenario, que se repite a diario en millones de pantallas, es más que una molestia digital; es el síntoma de cómo la desinformación explota nuestra emoción y, lo que es más peligroso, se ancla en el círculo de confianza más íntimo: la familia.
Abordar este desafío requiere dejar de lado la confrontación directa y adoptar una estrategia basada en la empatía y la comprensión de las motivaciones psicológicas que impulsan el acto de compartir.
El impulso de «reenviar» y el filtro del afecto
Para desentrañar el nudo de la desinformación familiar, no debemos culpar a la ignorancia, sino a procesos psicológicos profundamente humanos que los arquitectos de los bulos explotan con maestría. La clave no está en la inteligencia de quien comparte, sino en la manipulación emocional.
Los creadores de fake news son expertos en provocar emociones intensas —indignación, esperanza o miedo— que actúan como un «cortocircuito» del espíritu crítico, según señala la experta Olivia Sohr de Chequeado. El impulso visceral de compartir un contenido chocante, bajo la urgencia de un «¡Tienen que ver esto!», suspende la evaluación racional y nos convierte en un eslabón más de la cadena.
Además, el acto de compartir es una afirmación social. Difundimos contenidos que refuerzan el sesgo de confirmación o solidifican nuestra pertenencia a la «tribu» familiar.
Tal como ilustra Sohr, somos críticos con las noticias que atacan a nuestro candidato y las aceptamos como verdad irrefutable si atacan al opositor. En el chat familiar, un bulo que se alinea con la visión del mundo del grupo se convierte en un reforzador de lazos y de la identidad colectiva.
Sin embargo, el vehículo más poderoso de la desinformación íntima es la confianza, la lógica es simple: «a lo mejor yo no le importo a un periodista, no le importo a un fact checker, pero a mi tía seguramente yo sí le importo».
La confianza en el emisor (el tío, la prima, el padre) anula la necesidad de verificar la fuente. Un mensaje reenviado por un ser querido es intrínsecamente más creíble, pues asumimos que nace de una preocupación genuina.
Esta primacía del afecto sobre la evidencia es el mecanismo perfecto para que las falsedades se desplacen sin fricción.
El peligro silencioso: De pingüinos falsos a decisiones de vida o muerte
Existe la peligrosa mentira de que cierta desinformación es inofensiva. Un adorable «mini pingüino» de IA o un poema falsamente atribuido a un autor famoso parecen triviales.
Pero son contenidos que actúan como un campo de entrenamiento: normalizan el consumo de información no verificada, erosionan nuestra capacidad de discernimiento y preparan el terreno para que bulos mucho más dañinos sean aceptados sin cuestionamiento.
La experiencia de verificadores como Jeanfredy Gutiérrez, factchecker de Efecto Cocuyo en su propio chat de excompañeros lo ejemplifica a la perfección: el canal que comenzó con contenido nostálgico e «inofensivo» evolucionó gradualmente hasta convertirse en un vector de difusión de desinformación peligrosa sobre vacunas y teorías de conspiración.
Se difumina la línea entre lo falso-divertido y lo falso-peligroso, creando un hábito de consumo acrítico con graves consecuencias.
Resulta irónico que los propios profesionales de la verificación encuentren dificultades colosales en casa. La autoridad del «sobrino fact-checker» a menudo se ve superada por la familiaridad y el afecto del «tía que lo vio en un video«.
Las apuestas emocionales son altas, y la corrección puede costar lazos familiares.
Un buen árbitro familiar conversa, no corrige
El objetivo no es «ganar una discusión», sino abrir un diálogo constructivo que fomente el pensamiento crítico a largo plazo. La meta es empoderar a nuestros seres queridos para que naveguen el ecosistema digital con mayor seguridad, lo que requiere un cambio de enfoque: de la corrección a la conversación.
- Priorizar la conversación privada: Corregir en un foro público (el chat grupal) genera vergüenza y activo mecanismo de defensa. Contactar al familiar en privado, protege su dignidad y crea un espacio seguro para el diálogo honesto y efectivo.
- Dominar el arte de la pregunta: En lugar de una afirmación categórica («eso es falso»), el enfoque socrático es más poderoso. Consiste en hacer preguntas abiertas y sin juicio que guíen a la persona a través de su propio proceso lógico: «¿Por qué piensas que es cierto?». Si la conversación lo permite: «Si esto fuera cierto, ¿no implicaría también esta otra cosa?». El objetivo es que la persona descubra por sí misma las inconsistencias del relato.
- Humanizar el error «A mí también me ha pasado»: La empatía es la herramienta más potente. Expertos como Jeanfredy confiesan haber caído en desinformación. Contar estas historias —»a mí también me ha pasado»— derriba barreras. Comunica que cometer un error no es signo de falta de inteligencia, sino una experiencia humana universal en un entorno informativo saturado.
La duda como superpoder
La lucha contra la desinformación familiar se gana con paciencia, diálogo estratégico y, sobre todo, empatía. Es fundamental reconocer la humanidad detrás de cada «compartir» y construir puentes de conversación. Para una defensa definitiva, se necesitan dos hábitos individuales transformadores.
El primero es la pausa estratégica: Antes de compartir cualquier contenido que genere una reacción emocional intensa, hay que detenerse. Los expertos recomiendan «tomarse unos segundos», respirar, y contar. Esta simple pausa permite que el espíritu crítico se reactive antes de la difusión.
En segunda instancia, la duda como superpoder: Si una información parece demasiado increíble, alarmante o perfecta, y una búsqueda rápida no la confirma en fuentes fiables, la acción más responsable es no hacer nada. Detener la cadena de difusión es un acto poderoso de alfabetización mediática y de cuidado hacia nuestra comunidad.
Al adoptar estas pequeñas acciones individuales con constancia y afecto, no solo protegemos a nuestros seres queridos, sino que contribuimos a sanar nuestros espacios digitales más íntimos y a construir una sociedad más consciente y resiliente frente al engaño.

