Por Cesia Escobar*
Hablemos de la violencia que se vive en la ciudad cuando también se es víctima de violencia en otros ámbitos
Cuando pensaba en mí como mujer, me veía en mis roles como hermana, compañera de trabajo, amiga o como profesionista. Generalmente reflexionaba en los retos, escenarios o dificultades que se me presentaban en estos espacios por haber sido socializada como mujer.
En ese momento eran los ámbitos en mi vida que concentraban mi atención. Espacios que requerían una lectura profunda de los roles que se imponen y perpetúan en mi y muchxs otrxs, así como de las luchas que poco a poco se van ganando al desafiar las reglas impuestas por la sociedad y los sistemas que atraviesan la vida y los cuerpos de mujeres y disidencias.
En los espacios familiares, educativos y laborales hay un largo camino recorrido en Nuevo León para nombrar y reconocer las violencias y vulnerabilidades presentes en estos entornos. Sabemos que la violencia familiar es el delito más denunciado en nuestro Estado, que en el ámbito escolar el 29.7% de las mujeres ha experimentado violencia, y que el 20.3% ha sufrido discriminación laboral por características y realidades de las que no tiene control.
En algunas ocasiones, además de por ser mujer, también es por ser madre o cuidadora.
En los últimos años he agregado otra capa a mi realidad como mujer: la de habitante de esta ciudad. Trasladar esta reflexión sobre las violencias y vulnerabilidades al espacio comunitario, me hizo darme cuenta de que la violencia no solo ocurre en el espacio privado¹, de forma paralela también se vive en lo público.
Miles de mujeres que son víctimas de violencia en una casa, un salón de clase o una oficina, posiblemente también fueron violentadas en su trayecto a estos lugares por personas desconocidas que también transitan la ciudad.
Aunque de acuerdo con la ENDIREH, el ámbito comunitario es en el que las mujeres mayores de 15 años han experimentado con mayor frecuencia algún tipo de violencia. Muchas veces estas violencias se normalizan por la población porque forman parte de la experiencia cotidiana de habitar y transitar la ciudad: calles oscuras, camiones llenos, parques sin iluminación, lugares en abandono, convivencia indirecta con decenas de personas, etc.
De acuerdo con la Encuesta Así Vamos 2025, el 21.4% de las usuarias de transporte público ha sido víctima de acoso, siendo las miradas morbosas la forma más frecuente de esta violencia. Pienso entonces en cuántas mujeres que viven violencia en su trabajo o en otros espacios privados, lejos de encontrar un alivio al salir de ellos, enfrentan otra capa de violencia simplemente por trasladarse y utilizar los servicios públicos que les permiten moverse.
En una ciudad donde el 46.5% de las personas cree que las mujeres comparten responsabilidad de las violencias que reciben por algo tan particular como su forma de vestir, ¿cómo podemos imaginar que se reconozca que el propio diseño de la ciudad y las condiciones en las que nos movemos son un factor de riesgo que nos vulnera? Y que frente a eso nosotras y nosotres no tenemos responsabilidad.
En la zona metropolitana de Monterrey, donde no se prioriza la generación de espacios de alivio, descanso e incluso cuidado colectivo ¿cómo podemos sentirnos acompañadxs en una ciudad que no permite la vida comunitaria y colectiva en la calle? ¿cómo pedir ayuda cuando estamos rodeadas de personas de las que muchas veces no vamos a obtener empatía?
Además, desde la experiencia transitando y viviendo esta ciudad, la violencia en lo público no nos permite detenernos a procesar lo que nos sucede, nos exige continuar nuestro camino, llegar a nuestro destino y “cumplir” con nuestras responsabilidades, en muchos casos luchando en silencio con lo que nos acaba de suceder.
Porque si alzamos la voz para señalar la violencia que vivimos en el espacio público y pedir ayuda, también corremos el riesgo de convertirnos en blanco del escrutinio público, de que alguien se sienta con la libertad de documentar nuestra exigencia y esto ocasione comentarios, burlas o cuestionamientos.
Por ejemplo, lo que le pasó a la usuaria que activó la palanca de emergencia en el Metro de Monterrey para reportar que el vagón estaba lleno de hombres y señalar que esa situación era contraria a la propia gestión del vagón. Alzar la voz frente a una situación de violencia en el transporte público significó para ella una ola de acoso digital y mediático, resultado de decenas de videos que fueron grabados y difundidos por personas que se encontraban en el vagón y no fueron empáticas con la situación.
En lo público y lo privado nos enfrentamos a retos de apoyo, empatía, acompañamiento y cuidado. Las condiciones nos relegan a transitar en solitario, siendo señaladxs y responsabilizándonos de lo que nos pasa.
¹ De acuerdo con la ENDIREH, el ámbito comunitario incluye espacios como: parques, calles, transporte público, entre otros.
FUENTES / LINKS
- Encuesta Nacional Sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Nuevo León)
- Encuesta Así Vamos 2025
- Falso que vagón rosa de metrorrey tenga horarios de operación


