Por Andrea Cruz Urista
La salud física y mental del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ha puesto en duda durante el primer año de su segundo mandato, con especulaciones sobre posibles indicios de demencia, accidentes cerebrovasculares, tratamientos que habrían dejado amoratada su mano, tobillos hinchados y discursos en los que desvaría o confunde países.
La Casa Blanca responde cada vez que surge alguna de estas controversias afirmando que Trump goza de excelente salud a sus 79 años.
Incluso el médico del Ejército, James Jones, quien también fue médico presidencial entre 2009 y 2018, afirmó que Trump es más saludable que el expresidente Barack Obama, al ser cuestionado directamente durante una entrevista publicada el 26 de enero en New York Magazine.
La administración únicamente ha señalado que el mandatario fue diagnosticado con insuficiencia venosa crónica y toma aspirina. Además, se ha sometido a diversos estudios preventivos, entre ellos pruebas cognitivas y una resonancia magnética.
Sin embargo, en redes sociales han aumentado las especulaciones sobre su estado de salud y posibles síntomas de demencia. Esto plantea preguntas importantes: ¿es posible diagnosticar a un presidente sin conocerlo? ¿Es ético presentar estas afirmaciones como hechos?
Por ello, consultamos al geriatra Jorge A. Escobedo Martínez, quien cuenta con una alta especialidad en cognición y demencias, para que explique en qué consisten estas enfermedades y cómo deben abordarse las sospechas sobre su manifestación.
Aunque comúnmente se habla de demencia, el especialista explicó que para evitar la carga peyorativa asociada al término, se adoptó la denominación trastorno neurocognitivo menor o mayor. Estos conceptos hacen referencia al deterioro cognitivo leve, a la demencia o a alteraciones en las funciones mentales superiores.
Estas funciones son, detalló Escobedo Martínez, “todo lo que básicamente nos hace humanos”. Se refiere a la memoria, la atención, el cálculo, la orientación, las capacidades de lenguaje y escritura, así como el reconocimiento de caras, personas y situaciones.
También pueden verse afectadas las funciones ejecutivas, como la memoria de trabajo (que permite retener información durante un breve periodo) y la flexibilidad cognitiva, es decir, la capacidad de modificar una postura ante nueva información y actuar en consecuencia.
De igual manera, las personas que viven con estos padecimientos pueden presentar alteraciones en el comportamiento, debido a afectaciones en los controles inhibitorios que ayudan a regular la conducta y frenar distracciones.
“Cuando se presentan alteraciones en estas funciones mentales superiores y la persona se vuelve dependiente porque sus actividades cotidianas se vuelven imposibles sin estas capacidades preservadas, entonces hablamos de demencia”, explicó.
Los riesgos éticos de los “diagnósticos” de demencia
En redes sociales, varios creadores de contenido que aseguran tener experiencia en enfermedades neurodegenerativas han afirmado que Trump padece demencia frontotemporal o Alzheimer. Sin embargo, el especialista fue enfático: “No es ético y no es válido hacer ningún tipo de presunción del estado mental de una persona si no es en consulta”.
Advirtió que este tipo de «diagnósticos» puede resultar peligroso, pues puede utilizarse para descalificar a cualquier persona atacando su salud mental o capacidad intelectual en lugar de debatir sus ideas. Además, puede fomentar la invalidación o exclusión de personas adultas mayores, lo que constituye una práctica éticamente reprochable.
Escobedo Martínez puntualizó que “la manera correcta de diagnosticar a alguien es en consulta, viendo directamente a la persona”. Explicó que se requieren estudios de laboratorio, de imagen, pruebas neuropsicológicas y varias horas de interacción con el paciente y su familia.
También señaló que es común que el envejecimiento natural afecte ciertas funciones cerebrales, como la velocidad de procesamiento. No obstante, enfatizó que el envejecimiento normal no debe confundirse con una enfermedad.
Hay que estar atentos a los indicios de trastornos neurocognitivos
El especialista explicó que existen diversos factores asociados con un mayor riesgo de desarrollar trastornos neurocognitivos u otros padecimientos, como los ligados al estilo de vida: tabaquismo, obesidad, sedentarismo, aislamiento social, traumatismos craneoencefálicos, problemas cardiovasculares y baja audición o pérdida auditiva.
De igual manera pidió no perder de vista que enfermedades como el Alzheimer cuentan con un componente genético, aunque reveló que los casos heredables representan menos del 3% de los casos.
Aconsejó también buscar apoyo profesional, si hay varias personas en la misma línea genética ascendente con problemas de memoria, cambios de ánimo severos o alucinaciones.
Finalmente, recomendó “tener mucha mucha atención con las personas mayores, escucharlos mucho, qué son las cosas que le están pasando, observarlos”. Si presentan dificultades para vivir de manera independiente, sugirió brindar apoyo y evaluar la conducta de forma objetiva.
También llamó a estar atentos a señales de alerta como fallas en la memoria a corto plazo, problemas de orientación en tiempo, espacio o persona, y dificultad para reconocer a familiares cercanos.
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