EN CORTO
- Influencers y tiendas en línea impulsan el consumo de péptidos con promesas que van de la regeneración muscular y efectos antiinflamatorios hasta mejoras estéticas y cognitivas.
- La evidencia y la regulación no avanzan al mismo ritmo que la tendencia: un 11.4% de los 420 medicamentos autorizados por la FDA entre 2016 y 2024 fueron péptidos sintetizados, pero distingue esos fármacos de los péptidos no aprobados que circulan en redes
- Además, la WADA incluye varios péptidos vinculados a factores de crecimiento en su lista de sustancias prohibidas para competidores y en México la COFEPRIS emitió una alerta por la venta ilegal en internet de productos sin registro sanitario.
Por Andrea Cruz Urista
Con el pretexto de promover salud y bienestar, existen influencers que fomentan el uso de péptidos no aprobados para su uso en humanos, y que se inyectan con la promesa de mejorar la restauración celular, la curación de lesiones, la apariencia de cabello, uñas y piel e incluso mejorar la función del cerebro.
No obstante, en la mayoría de los casos carece de respaldo científico y resulta complicado verificar que los comercios en línea ofrecen realmente el producto que publicitan.
En Verificado investigamos el respaldo científico que existe —o no— detrás de la última tendencia de bienestar en redes sociales.
¿Qué son los péptidos, para qué sirven y por qué algunos no están aprobados para uso humano?
Los péptidos son moléculas formadas por cadenas de aminoácidos que se encuentran de manera natural en el cuerpo humano, donde cada aminoácido funciona como un eslabón. Si la cadena tiene entre 2 y 50 eslabones, estamos ante un péptido; si supera los 50, se convierte en un polipéptido, y cuando varios de estos se unen, forman lo que conocemos como proteína.
Su presencia en la medicina no es reciente: los péptidos forman parte de procesos naturales del organismo y durante décadas han sido estudiados para corregir deficiencias o potenciar su funcionamiento, incluso en procedimientos estéticos.
El ejemplo más conocido es la insulina. En años recientes se sumó el péptido similar al glucagón-1 (GLP-1), cuyo receptor es el origen de fármacos como la semaglutida y la liraglutida, comercializados como Ozempic y Wegovy, entre otros, utilizados para tratar la diabetes tipo 2 y la obesidad, y que se popularizaron por su efecto en la pérdida de peso.
De igual manera, compañías de belleza han incorporado péptidos con respaldo científico en cremas, tónicos y productos para el cuidado del cabello y la piel.
Sin embargo, estos no son los péptidos que circulan entre los llamados “biohackers”, personas que experimentan con tecnología, hormonas y otras sustancias para optimizar su salud y su cuerpo.
Los péptidos que ellos consumen y promueven son adquiridos de manera cuestionable a proveedores en países como China, sin ningún tipo de regulación sanitaria.
Sustancias con nombres como Body Protective Compound-157, mejor conocido como BPC-157, el tripéptido de cobre GHK-Cu o el TB-500 se promocionan en redes sociales por influencers y tiendas en línea, aunque no cuenten con beneficios comprobados científicamente.
Además, frecuentemente se recomienda consumirlos en combinación con otros componentes para generar «stacks» o «pilas» y así maximizar sus supuestos beneficios.
Por ejemplo, el BPC-157 es derivado de una proteína presente en el jugo gástrico del estómago humano y se recomienda (sin sustento) para la regeneración muscular, así como por sus supuestos beneficios antienvejecimiento y antiinflamatorios.
Muchos de ellos tienen supuesta acción de liberación de la hormona del crecimiento, como el CJC-1295 y el Ipamorelin, que se cree ayudan a incrementar la masa muscular, mejorar el sueño y la cognición, y favorecer la pérdida de grasa corporal.
En el caso de las mujeres, se recomiendan “pilas” dedicadas a mejorar la apariencia corporal, de la piel y el cabello, como el GHK-Cu.
También se ofrece el Melanotan 2 o MT2, del que aseguran que acelera la producción de melanina para lograr una apariencia bronceada, además de otros péptidos que supuestamente mejoran el balance hormonal.
De acuerdo con una revisión publicada en 2025 en el Journal of Peptide Science, enfocada en la seguridad de los fármacos basados en péptidos y el riesgo de respuestas inmunes no deseadas, de los 420 medicamentos autorizados por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) entre 2016 y 2024, el 11.4% fueron péptidos sintetizados artificialmente.
A pesar de esto, la FDA señala la diferencia entre los péptidos que han pasado por rigurosos controles científicos y ensayos clínicos y los que no, y advierte sobre los peligros relacionados con su uso, aunque reconoce que aun no existe evidencia suficiente para determinar el daño que podrían causar en seres humanos.
Por su parte, la Agencia Mundial Antidopaje (WADA, por sus siglas en inglés) incluye varios de estos péptidos en su lista de sustancias prohibidas para competidores, en particular los relacionadas con factores de crecimiento.
La venta de estos péptidos para su consumo humano opera en una zona gris regulatoria: no está explícitamente prohibida, pero tampoco cuenta con la aprobación de las autoridades sanitarias. Sin embargo, esto podría cambiar, especialmente en Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump.
El 27 de febrero de 2026, el secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., anunció en el podcast de Joe Rogan que planea levantar las restricciones sobre algunos péptidos, y lo justificó señalando que busca garantizar el acceso a proveedores éticos.
En México, en cambio, la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS) únicamente ha emitido una alerta sanitaria sobre la comercialización ilegal de productos con tirzepatida que se venden por internet sin contar con registro sanitario para su distribución en territorio nacional.
En resumen, los péptidos que circulan en redes sociales carecen de pruebas científicas sólidas que demuestren que funcionan como sus promotores aseguran. Lo que sí existe es un mercado poco transparente, proveedores sin regulación y consumidores que se inyectan sustancias cuya pureza, dosificación y efectos a largo plazo son desconocidos.
La regulación sanitaria no ha logrado seguirle el paso a esta tendencia. Ni la FDA, ni la COFEPRIS, ni ninguna otra autoridad sanitaria ha aprobado estos compuestos para uso humano generalizado, lo que deja a quienes los consumen en un limbo donde la promesa de bienestar puede tener consecuencias que la ciencia todavía no alcanza a medir.
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