Cuando se habla de | fuerzas políticas | muchas personas piensan en partidos políticos, organizaciones constituidas o espacios de gobierno…..pero una gran fuerza política también somos nosotrxs, la población, desde nuestra cotidianidad y nuestros territorios.
Por Cesia Escobar *
Este año, en Nuevo León, las colectividades y la sociedad civil protagonizaron procesos fundamentales, transformadores y profundamente poderosos.
Algunos quedaron documentados en distintas plataformas a través de ejercicios de reflexión, registro y colaboración, otros también se quedan en el territorio, durante manifestaciones, en espacios de diálogo, en caminatas o en la memoria de quienes decidieron involucrarse en distintas causas.
Las personas y grupos que se organizaron asumieron un rol clave: generar contrapesos, abrir nuevas narrativas para comprender la ciudad, imaginar, diseñar y exponer contrapropuestas a iniciativas o proyectos voraces, y sobre todo, poner su energía, su tiempo y sus recursos al servicio de transformar una cotidianidad que para muchas personas sigue siendo hostil, difícil y desgastante.
Hoy decido concentrarme en la colectividad y en todo lo que se ha logrado gracias a ella, en celebrar y reconocer que, pese a los retos, al dolor y desesperanza que de pronto aparece, se lograron cosas que nos devuelven la alegría, la emoción y las ganas de creer y crear.
Pero también me permito detenerme en las preguntas necesarias sobre lo que aún podemos fortalecer. Porque hablar de organización comunitaria/colectiva no significa solo idealizarla, también significa reconocer los retos estructurales y emocionales que la atraviesan.
Implica preguntarnos qué necesitamos para sostener estos esfuerzos sin que dependan de la buena voluntad, de la energía inagotable o del sacrificio individual de unas cuantas personas.
Antes de profundizar en las reflexiones sobre la colectividad, también pongo sobre la mesa que en paralelo, mientras estas colectividades crecen, se organizan y planean, seguimos observando propuestas institucionales que privilegian la simulación sobre la realidad.
Continúan los espacios de trabajo diseñadas para la foto, narrativas que incluyen a la sociedad civil sin acercarse a ella, metodologías participativas que, aun siendo bien intencionadas, no alcanzan a capturar la complejidad de la vida cotidiana ni las dinámicas comunitarias y colectivas, y procesos que, por repetitivos, acaban desgastando a quienes participan.
Estas prácticas tienen todo que ver con el trabajo colectivo, porque ante la falta de espacios que respondan a la organización de la población, que sean complemento y apoyo, se pierde la posibilidad de lograr colaboraciones transformadoras entre sectores y personas.
Frente a este escenario, unas de las preguntas urgentes para quienes buscan acercarse a las colectividades ¿Cómo se complementa la organización que nace de los territorios y responde a la población? ¿Qué se puede hacer para acompañar estos procesos desde el reconocimiento de los saberes cotidianos, y no desde la necesidad de “enseñar” o modificar las formas de organización comunitaria y colectiva?
Y mientras eso ocurre, la organización de la población responde desde abajo, con sus recursos y creatividad: en grupos de WhatsApp, en reuniones después de la jornada laboral, en movilizaciones, en estrategias mediáticas, en cooperaciones económicas para sostener cuidados y organizar actividades, en convocatorias urgentes, o simplemente sosteniendo el ánimo colectivo cuando el cansancio o la tristeza llegan.
Esa forma de organización, descentralizada, flexible y profundamente conectada con la defensa del territorio y nuestros derechos, fue la que vimos este año en la recuperación de la Plaza de la Gastronomía, en la protección del Cerro del Topo Chico, en la defensa del Río Santa Catarina, en la lucha por la tipificación del transfeminicidio, en la Semana de la Movilidad y en muchas otras luchas.
Luchas distintas, pero atravesadas por las mismas causas, la defensa del territorio, de los espacios públicos, de los ecosistemas, del reconocimiento de derechos y del derecho a vivir en una ciudad digna y segura.
Luchas que además nos recuerdan una verdad presente, y que me lleva a otra reflexión: la organización comunitaria y colectiva no es homogénea. Está llena de historias distintas, desigualdades internas, tensiones, formas diversas de enfrentar los problemas, y también de desacuerdos y contradicciones.
Y aun así, desde esa diversidad, algunas veces incómoda, surge fuerza y unión, que se transforma incluso frente a estructuras profundamente desbalanceadas.
Cómo lo mencioné al inicio de este texto, también vale la pena hacer una pausa y reflexionar sobre aquello que podemos hacer mejor desde el rol que se decide tomar cuando participamos en colectividad.
- ¿Cómo distribuimos las cargas para que el trabajo operativo no recaiga en un grupo de personas? El interés por participar debe ir acompañado de acciones concretas, desde nuestros recursos y posibilidades, idear es necesario e increíble pero no podemos dejar la carga de ejecutar las ideas a unxs cuantos.
- ¿Cómo cuidamos a quienes lideran procesos? Sostener, acuerpar y acompañar es un discurso bellísimo, pero llevarlo a la práctica es transformador y permite a las personas saberse acompañadas, cuidadas y respaldadas.
- ¿Cómo garantizamos la continuidad más allá del agotamiento? Un primer paso es generar espacios de confianza para expresar que se está cansadx, para hablar de la necesidad de soltar pero que esto no significa dejar de participar sino hacerlo desde otros espacios. Hablar de esto también permite no generar expectativas. Como ejercicio permanente hay que repensar las formas en las que participamos.
- ¿Cómo fortalecemos los vínculos entre colectivos sin caer en competencias innecesarias? Fortalecer las relaciones colectivas implica reconocer que no estamos compitiendo. Las dinámicas horizontales suponen practicar la escucha activa, transparentar capacidades y límites, compartir información sin miedo a sentirse señaladxs, también construir acuerdos donde cada persona o colectivo pueda aportar desde lo que sabe y puede. También es hablar con honestidad cuando hay tensiones.
- ¿Cómo gestionamos el ego y la necesidad de reconocimiento? No es negativo reconocer que nuestra participación es valiosa ni identificar qué experiencias y capacidades nos colocan en roles clave. El reto es no cruzar la línea donde las acciones individuales dependan únicamente de la visibilidad que da estar en la lucha en lugar del compromiso real con la causa.
- ¿Cómo generamos procesos más claros y sostenibles? Cuando se participa en espacios diversos, la toma de decisiones y la coordinación pueden ser complejas. Para evitar que esto sea una barrera para la colaboración se necesitan prácticas constantes de claridad, preguntar, preguntar y volver a preguntar, traer a la mesa acuerdos, conversaciones pendientes y dudas pospuestas. La sostenibilidad colectiva también se integra por la forma en que nos comunicamos
- Tal vez una de las preguntas más necesarias (para mì) ¿Cómo sostenemos el trabajo colectivo cuando quienes participan no vienen de los mismos contextos, cuando muchxs tienen cargas de cuidado, no ostentan privilegios de clase o movilidad social, cuando algunxs viven en la periferia o en zonas donde llegar a una reunión o evento significa dos horas de transporte público? Sostener el trabajo colectivo exige reconocer las desigualdades internas, no todas las personas tienen el mismo tiempo, disponibilidad, acceso al transporte o redes de apoyo. Implica flexibilizar horarios, diversificar los canales de participación (virtual o híbrido), rotar responsabilidades, generar dinámicas que no dependan siempre de las mismas personas. También significa poner el cuidado al centro, preguntar qué necesita cada quien para participar, y diseñar procesos que no reproduzcan las desigualdades que queremos transformar afuera. Esto reta nuestra comodidad, nos exige salir de nuestras zonas, movernos, ceder.
Re-pensar la organización comunitaria también implica repensarnos a nosotrxs mismxs, nuestras formas de colaborar, comunicar, escuchar, cuidar y acompañar, también de abordar temas complejos y críticos que ponen a prueba nuestras herramientas de comunicación.
Implica entender que la fuerza de la colectividad no está únicamente en la movilización, sino en su capacidad de sostenerse a través del tiempo con acuerdos, claridad y procesos que cuiden tanto a las personas como a las causas.
Si algo nos dejó este año es que la población está interesada, articulada y dispuesta a detener lo que afecta su cotidianidad. Y que cuando esa energía se encuentra, se escucha y se organiza, genera transformaciones reales.
Hoy, además de reconocer y celebrar las victorias cotidianas, toca mirar hacia adelante y preguntarnos cómo sostenemos estos esfuerzos, y cómo los fortalecemos.
Las luchas de este año nos demostraron que la organización comunitaria/colectiva es, hoy más que nunca, una fuerza política en Nuevo León.
Un actor que vigila, exige, que incomoda a muchxs, pero que propone. Si las autoridades u otros sectores quieren construir legitimidad, colaboración, y resultados sostenibles, tendrán que reconocer esa fuerza y dialogar con ella, no solo tratar de administrarla o utilizarla.
Porque nuestra ciudad no puede seguir diseñándose sin la población, tiene que construirse con ella, para ella y desde ella. Y esa es otra una discusión necesaria.
Todo esto también me lo digo a mí, porque crecer en colectivo implica re pensarnos en lo individual.


