- Con 644 sismos registrados y el 47% de ellos a poca profundidad, se desmiente que Nuevo León sea libre de riesgo telúrico. Especialistas advierten sobre los riesgos del fracking y la sismicidad inducida, señalando la importancia de diferenciar la actividad sísmica natural de la provocada y de establecer redes de monitoreo sismológico independientes previo a la autorización de cualquier proyecto en el noreste.
Por Melina Barbosa
El mito de que Nuevo León es un estado libre de riesgo telúrico se desmorona ante los registros del Servicio Sismológico Nacional, los cuales confirman que el 47% de los eventos en la entidad son de carácter cortical o somero, es decir, originados a tan solo entre 5 y 10 km de profundidad.
“Se vuelve una preocupación cuando los terremotos están ocurriendo muy cerca de la superficie. La estructura geológica no tiene la capacidad de absorber toda la energía y esto genera que la vibración que perciben las personas que están cerca del área epicentral va a ser mucho más fuerte o mucho más intensa», detalló en entrevista el doctor Juan Carlos Montalvo Arrieta, sismólogo de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL).
Aunque la magnitud promedio histórica de 3.5 es moderada, la vulnerabilidad de la región quedó demostrada el 11 de mayo de 2025, cuando un sismo de 4.5 con epicentro en Montemorelos provocó daños en al menos 72 estructuras.

El sismo evidenció el alcance de las ondas sísmicas, percibidas a más de 200 km de distancia en ciudades como Saltillo, Coahuila y Ciudad Victoria, Tamaulipas.
Desde enero de 1900 a la fecha, el SSN contabiliza 644 sismos en Nuevo León y el 98.2% de esos eventos (632) se han registrado en los últimos 15 años. Este aumento, explicado en parte por la adición de estaciones y en parte por fallas geológicas, se concentra en Linares, Montemorelos, Ciénega de Flores, Santiago y Allende.
En este contexto, las autoridades incluyeron al estado en los simulacros oficiales del próximo 19 de septiembre y operarán, por primera vez, bajo una hipótesis local, simulando un terremoto de magnitud 5.2 con epicentro en el municipio de Allende.
Sin embargo, pese a contar con un subsuelo propenso a la sismicidad somera y una zona históricamente marcada por el estrés hídrico, el pasado 6 de agosto, el gobierno mexicano propuso evaluar la viabilidad de la fracturación hidráulica en las cuencas Sabinas-Burro-Picachos y Burgos en Coahuila, Tamaulipas y Nuevo León.
Por ello, la medición y monitoreo de la sismicidad inducida exige evaluar la infraestructura técnica disponible en la región.
«El proceso de la fractura hidráulica genera microsismicidad porque se está inyectando agua bajo ciertas presiones y profundidades con la finalidad de romper la roca para poder extraer el hidrocarburo. Necesitamos construir una línea base de medición que permita discriminar la sismicidad natural de la sismicidad inducida y que las redes sismológicas puedan funcionar como un sistema de semáforos», puntualizó el sismólogo de la UANL.
En ese sentido, el anuncio de tres nuevas estaciones que serán instaladas en Galeana, Doctor Arroyo y el norte de Monterrey se da en medio de la evaluación de viabilidad del fracking en el noreste.
Al respecto, Montalvo Arrieta refirió que la expansión del monitoreo responde a un déficit histórico de estaciones y a una medida necesaria ante posibles operaciones:
«Acerca de la especulación por todo el punto de estos nuevos anuncios sobre la fractura hidráulica, es importante en algún momento, si estas actividades se empiezan a realizar, que se tenga esta red de estaciones sismológicas, porque esa es la manera de poder discriminar si una actividad de esta naturaleza estuviera induciendo algún tipo de nivel de sismicidad”, subrayó.
Antecedentes locales y evidencia internacional
Colectivos como Noreste Sin Fracking recuerdan que Nuevo León ya vivió los primeros episodios de esta problemática en 2013, cuando habitantes de municipios como Los Ramones y Los Herreras reportaron temblores inusuales tras pruebas de exploración e inyección realizadas en la cuenca de Burgos.

A este antecedente local se suma la evidencia acumulada a nivel internacional. En la cuenca petrolera de Vaca Muerta, Argentina, se han contabilizado más de 650 temblores asociados al fracking entre 2019 y 2026.
De acuerdo con el geógrafo Javier Grosso Heredia y el ingeniero Guillermo Tamburini Beliveau, ambos integrantes del Observatorio de Sismicidad Inducida (OSI) de Argentina, esta actividad se manifiesta en un territorio sin registros sísmicos previos al inicio de la fractura hidráulica, alcanzando en 2025 un pico histórico de 105 temblores, una cifra inédita para la zona.
Tamburini precisó a este medio que existen dos fuentes principales de sismicidad inducida.
La inyección de fluidos durante la fractura hidráulica —causa predominantemente documentada en Argentina— y la reinyección profunda de aguas residuales tóxicas y ultrasalinas extraídas junto con los hidrocarburos, que constituye la causa principal de sismos en el centro de Estados Unidos.
En ambos casos, el especialista afirma que los sismos ocurren a poca profundidad (entre 1 y 3 km) y muy cerca de los pozos de inyección, lo que incrementa su impacto y la percepción de las sacudidas.
Tamburini además señaló los riesgos que esta sismicidad representa para la propia infraestructura petrolera:
«Estos sismos provocan desplazamientos del terreno que pueden mover el caño de un pozo 2 centímetros de golpe o acumulados en un año. Si una tubería se desplaza varios centímetros durante varios años, pierde hermeticidad, se rompe y puede provocar vertidos de gases, líquidos o explosiones«.
De ahí la advertencia final del ingeniero sobre la “línea de base ambiental” que exige un “monitoreo riguroso” previo al fracking, permitiendo comparar la sismicidad natural con la provocada por la industria.
Entregar el control de la información a corporaciones o ministerios energéticos, quienes “tienen tanto interés como las compañías en que se desarrolle la industria”, anula la transparencia. Por tanto, la seguridad del territorio requiere que la vigilancia sea gestionada por “universidades e institutos independientes”, garantizando un “acceso transparente, público y abierto a los datos”, refirió Guillermo Tamburini Beliveau.
Del fin del mito asísmico a la prevención
Entre el 1 de enero de 1900 y septiembre de 2026, el SSN contabilizó 644 sismos en la entidad, pero un dato que llama la atención es que el 98.2% de esos eventos (632 sismos) se han registrado en los últimos 15 años, entre 2011 y 2026.
Esta estadística, destacada tanto en medios de comunicación como en el discurso público con aumentos de mil por ciento, responde tanto al despliegue progresivo de instrumentación como a una actividad sísmica real documentada en el territorio.
La primera estación sismológica en Nuevo León fue inaugurada hasta el 2 de febrero de 2006 en Linares, marcando el inicio de la detección sistemática.
Juan Carlos Montalvo Arrieta, explica: «Durante mucho tiempo se documentaron vibraciones en diferentes regiones del estado, pero siempre la respuesta era que fue un reacomodo de la sierra o el colapso de una estructura; nunca se le daba el nombre de terremoto. La instrumentación lo que nos descubre es que la región siempre ha presentado actividad sísmica».
Es por ello que los análisis sismológicos enfatizan que los protocolos de gestión de riesgo deben considerar esta actividad natural preexistente antes de que cualquier proyecto industrial añada presión al subsuelo.
Como concluye el investigador en sismología adscrito a la Facultad de Ciencias de la Tierra de la UANL, «el mito de que era una región asísmica no es cierto. Podemos esperar terremotos de magnitud intermedia entre 5 y 6 y para eso debemos estar preparados».
Reportaje realizado para Reporte Índigo | Imagen de portada: Reporte Índigo

