Monterrey atrapado en «El día de la marmota»: el aire tóxico que (nunca) se va

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Este texto se realizó en el Taller de escritura de Columna de Opinión Ambiental, una iniciativa de Verificado y Ximena Peredo, para explorar el poder de la opinión informada frente a la desinformación ambiental.

Por María Enríquez Rodríguez*

Proteger el aire tiene subidas y bajadas; todas las personas que trabajamos para mejorar la calidad del aire lo sabemos. Desde noviembre hasta abril, la preocupación por el tema está en boca de todos.  

Para los medios, ciudadanos, empresarios y autoridades se convierte, como cada año, en fuente de presión y atención constante. Para quienes activamente defendemos el tema, estos son los meses de más trabajo, con cientos de mensajes sobre la excesiva preocupación sobre el tema. 

Luego llega mayo y pasan los meses hasta octubre, y el tema desaparece casi por completo. Y así cada año se repite esta dinámica, como sucede con la clásica escena que Bill Murray interpreta en la película “El día de la marmota”, en la que un narcisista sarcástico y egoísta queda atrapado en un bucle temporal y se ve obligado a revivir el mismo día una y otra vez.

Pero, ¿hay alguna razón científica para ello? De acuerdo con la Gaceta UNAM, “en invierno tenemos la impresión de que hay mayor contaminación, debido a dos factores: las emisiones a la atmósfera, que no poseen variaciones amplias en todo el año, y la meteorología, que en esta época del año presenta inversiones térmicas que impiden a los contaminantes distribuirse o diluirse”

Es un hecho que durante el año las fuentes de contaminantes emiten prácticamente lo mismo; sin embargo, en invierno —de noviembre a abril— debido a la inversión térmica, la contaminación se concentra por las condiciones atmosféricas, quedando atrapada entre las montañas, arrojando días altamente tóxicos.  

En verano —de mayo a octubre—, en cambio, las condiciones atmosféricas favorecen la dispersión de contaminantes, haciendo que se genere una sensación de menor contaminación en la ciudad. 

Si bien es cierto que en verano se presentan menos días contaminados, también hay registros que indican que la contaminación en esta ciudad no cede y, por lo tanto, los efectos a la salud son graves todo el tiempo.

Recordemos que el vínculo entre contaminación del aire y problemas de salud se da por la exposición crónica y aguda. 

Por supuesto que en invierno es más común relacionar enfermedades con la calidad del aire, como alergias, ojos irritados, comezón en la garganta, enfermedades en la piel; sin embargo, estar expuestos crónicamente a la contaminación atmosférica que prevalece en nuestra metrópoli es lo que al final tiene efectos a largo plazo en nuestra salud y se relaciona con enfermedades graves como cáncer, Alzheimer, depresión, infartos al miocardio o incluso diabetes.

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De acuerdo con registros de la plataforma del Comité Ecológico Integral (CEI) que se obtienen directamente de SINAICA, en abril del 2024, en la estación de Santa Catarina, se registró el promedio de 24 horas más alto de esa estación reportado en 230µg/m3 de PM10, siendo la recomendación de la NOM-025-SSA1-2021 no rebasar 60. 

Ese mismo año, en junio, en esta misma estación se registró un promedio de 24 horas de 97µg/m3. La siguiente tabla confirma mi hipótesis, los meses más cercanos al invierno presentan concentraciones más altas, mientras los meses del centro del verano presentan los promedios más bajos. 

Si bien la diferencia es importante, en todos los escenarios hay una exposición significativa a este contaminante, es decir, en los meses calientes, aun cuando aparentemente hay menos contaminación, los promedios rebasan de manera importante  la recomendación de la norma.

Para los activistas que defendemos el aire, hay terribles riesgos asociados a este bucle, ya que se presenta una gran apatía y desmovilización en verano y una psicosis y alta exigencia en invierno en un ciclo de lucha que oscila, situación que es muy conveniente para aquellas partes del problema a las que no les conviene solucionarlo.

“Un descanso de las loquitas que luchan por la calidad del aire”, dirían nuestras autoridades. Además, esta situación parece ser muy sexy también para los políticos, que cuando llega la crisis anual de calidad del aire, prometen arreglar el tema para junio, usando ventajosamente este círculo vicioso para articular sus discursos sobre los progresos en el tema

El desgaste asociado a esta dinámica es muy alto; los activistas se cansan y el problema permanece con subidas y bajadas cada año.

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¿Qué hacemos entonces? La única solución posible es continuar trabajando en las fuentes de emisión, buscar otras alternativas de crecimiento económico que no contaminen el aire, pensar mejor el desarrollo urbano, nuestra movilidad, nuestra manera de producir y consumir. 

Por otro lado, tendríamos que estar usando este ciclo a nuestro favor, planear en verano, hacer diagnósticos, ejecutar proyectos y tener muchas mayores capacidades en invierno para reaccionar y controlar el problema. Podríamos pensarlo como una tregua para tomar más fuerza, no para archivar el problema. 

No podemos seguir atrapados en un loop de indignación y conformismo sin que, en realidad, nada sustancial haya cambiado. Las soluciones deben ser sistémicas y de fondo.

Las estaciones del año no deberían determinar si estamos o no contaminados; las acciones de quienes habitamos la ciudad, sí. 

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María EnriquezMaría Enríquez Rodríguez es catedrática, activista y abogada comprometida con el derecho a respirar aire limpio. Cofundó el Comité Ecológico Integral (CEI), una organización ciudadana dedicada a mejorar la calidad del aire y promover la conciencia ambiental. En el ITESM, imparte materias de sostenibilidad y emergencia climática. Participa activamente en diversas iniciativas ciudadanas y espacios de diálogo para construir soluciones colectivas.

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