Historias del COVID-19: Adrián, médico del IMSS

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  • La batalla diaria de un médico contra la COVID-19

 

Por Debanhi Soto

Estrés. Calor. El sudor que recorre el cuello de Adrián lleva un tiempo molestándolo, pero no puede secarlo con una toalla de papel.

Camina por la única entrada del área designada para pacientes COVID-19. Los procedimientos más sencillos le resultan extrañamente difíciles: no puede moverse o ver bien entre tantas capas del equipo de seguridad.

La mascarilla le queda muy ajustada y dejará una marca en sus mejillas. Pero al día siguiente, él está listo para repetir la rutina.

Adrián, es médico en un hospital del IMSS de Nuevo León. Hasta marzo él brindaba consulta general de lunes a viernes por las mañanas y por las tardes atendía en nosocomios privados, con previa cita.

Sin embargo, a partir de abril se volvió en uno de los encargados de enfrentar al coronavirus en el Seguro Social y desde entonces su jornada diaria cambió radicalmente.

Todas las mañanas debe registrar su entrada en el hospital a las 7:15 horas, a más tardar 7:30, pero en lugar de irse directamente a su consultorio o a ver a sus pacientes internados, primero asiste a una junta.

El neumólogo y el infectólogo exponen el plan del día y comentan las indicaciones generales de medicamentos y pacientes, para luchar contra la pandemia que tiene en vilo al mundo entero.

Adrián se encarga de por lo menos seis pacientes, revisa sus niveles de oxigenación, busca dificultades en el patrón respiratorio, habla con las y los enfermos y hace las notas que le permitirán hacer un nuevo plan de acción para el día siguiente.

Cuando el trabajo termina, generalmente una hora o dos después de la salida oficial, Adrián, al igual que los otros doctores se quita el material de protección y abandona el área dedicada a COVID-19 del piso de medicina interna.

La zona especial del coronavirus de su nosocomio es un medio piso del departamento de medicina interna. Tiene 42 camas con tomas de oxígeno y 4 módulos con personal de enfermería.

Solo hay una puerta de entrada y de salida para controlar y limitar el acceso. Y aunque es un área solo para casos confirmados, también pacientes sospechosos son internados ahí.

“Dentro de la sala COVID-19 hay muchas emociones, (…) pasando al mismo tiempo”, relata el especialista, pues los pacientes se sienten desesperados y aburridos, no pueden llevar nada para entretenerse como un libro o un teléfono, lo único que pueden hacer es sentarse a ver a sus compañeros mejorar o morir y preguntarse a sí mismos qué pasará con ellos.

Mientras, los doctores intentan mantener la moral alta, pero, en el fondo, la mayoría lidia con el estrés y el miedo de estar en las camas que atienden.

“Creo que es uno de los mayores miedos, el saber que puedes enfermarte y enfermar a tu familia”, cuenta el doctor, quien también apunta que este sentimiento es compartido por la mayor parte del personal de salud.

Hasta ahora, al menos en ese hospital, el equipo de protección contra el covid-19 no ha faltado y todo el personal médico que entra a la zona de la pandemia tiene un overol de seguridad, un cubrebocas N95, una careta, googles y guantes.

El equipo es caluroso e incómodo para trabajar, los googles dificultan las cosas para doctores como Adrián que utilizan lentes de aumento, pero es mejor prevenir que lamentar.

A los médicos como Adrián y a sus compañeros, la mayoría de la gente los ven con admiración y respeto. Les dan regalos y donaciones del tan preciado equipo de seguridad.

El doctor recuerda con una sonrisa uno de los paquetes de donación que tenía un mensaje, “era como una letra de niño y decía ‘Gracias, Dios los bendiga’”

Por lo menos Adrián no ha sufrido ningún tipo de discriminación o agresión por ejercer su profesión.

“Hasta ahora todo bien con mis vecinos, al principio me veían con curiosidad cuando me cambiaba los zapatos antes de salir del carro, pero me saludan y ya, todo bien”, dice, describiendo su día a día fuera del hospital. Aunque, admite, que a nivel nacional todavía falta trabajar en la aceptación y entendimiento que se da al personal médico.

“Hay distintas formas de sufrir la enfermedad, así que no podría decir que hay una peor parte de la crisis”, expresa con sinceridad.

Por ejemplo, ser familiar de un paciente de COVID-19 es complicado por la incertidumbre que conlleva, y, para quienes lo padecen, la soledad es su mayor obstáculo.

Lo que sí sabe con certeza es que para un médico “lo más difícil de esta pandemia es el estrés que te causa ver que tus pacientes se pueden morir, independientemente de lo que hagas”, asegura Adrián, pidiendo a todos que no se confíen ante “la nueva normalidad” y sigan con las medidas preventivas para evitar el tener que ser hospitalizados.

Si es inevitable, él y sus compañeros estarán ahí para darle batalla al coronavirus.


 

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