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Por Victoria Ríos*

Cuando pensamos en la verificación, en términos de los fenómenos sociales ocurriendo y la información girando alrededor de estos, por lo general se piensa en el dato estadístico, en el hecho material o en el discurso.

La caravana migrante se ha visto acompañada de una serie de reacciones políticas y sociales a favor y en contra de la misma; la información para verificar sobre lo que pasa en este preciso momento con las miles de personas mientras transitan tiene carácter volátil.

Lo que es un hecho es que el pueblo: personas transgénero, gays, lesbianas, niñes, mujeres, adolescentes no acompañados, hombres seguirán masivamente abandonando la tierra que trabajan y no les da de comer, la tierra en la que nacieron y les ha condenado a vivir entre sangre y hambruna. El pueblo se ha hecho escuchar y se ha hecho sentir y la caravana es solo una parte del éxodo masivo desde años atrás y de años por venir, es la punta del iceberg.

Hace cinco semanas llegué a uno de los albergues con mayor afluencia de migrantes en la frontera sur. Llegué después de un año en el que, en Monterrey, hemos estado generando espacios para dialogar sobre los retos en la ciudad para integrar a quienes deciden quedarse a vivir en la sociedad regiomontana.

Aquí mientras en la puerta se le da la bienvenida a una persona, a otra se le desea buen camino con el corazón en la mano. Vivimos juntos y compartimos un mismo techo, comida, y emociones que van de la tristeza, pasan por el enojo y, en muchas ocasiones, también son de harta felicidad: como cada vez que una persona recibe ese plástico verde que tantas posibilidades le puede dar a quien ingresó a México “de manera irregular”.

Foto: Hans-Máximo Musielik.

Si hay algo que nos urge entender, y que es cien por ciento verificable, es que esta crisis está atravesada por el dolor, la desesperación y la esperanza. “Es nuestro destino venir para acá” me dijo un hombre la semana pasada mientras marcaba en los cuadros de Excel los motivos por los cuáles dejó su país. Destino es el “encadenamiento de los sucesos considerado como NECESARIO y FATAL”. El sentimiento de tristeza no es menor cuando una persona, que no viene huyendo por amenazas de muerte o extorsión de las maras se sienta en la cabina para registrar su ingreso a nuestro hogar.

Cuando te dicen que en su país era agricultor deseas con todo el corazón que no diga que el motivo de su migración es “causas económicas” porque entonces las posibilidades de tener un estatus regular se reducen sustancialmente; la migración por motivos económicos está condenada a la vulnerabilidad y a la precariedad. Quienes trabajan la tierra, migran para luego ser explotados en dólares, para ser violentados en el camino, o contenidos y deportados, sino es para desvanecerse en algún pedacito de México.

La alternativa a la falta de reconocimiento como migrantes económicos es que México les dice: “sigan su camino y, si son víctimas de delito grave, tal vez entonces les podemos compensar con una visa por razones humanitarias porque acceso a la justicia, al igual que la mayoría de mexicanos, nunca”. La violencia del hambre que se vive en Honduras, en El Salvador y en Guatemala no es suficiente para poder ser protegidos por el Estado mexicano.

En infinidad de ocasiones me ha tocado repetir enfrente de audiencias diversas que no podemos emitir juicios sobre las personas migrantes si no conocemos el contexto en el que viven y, mucho menos, si no les escuchamos antes; acá me ha tocado poner en práctica el discurso de descriminalización.

Es difícil encontrar esos espacios en donde estés cara a cara, sola, de frente a un ex pandillero que dejó su país como alternativa a no ser asesinado por haber decidido una alternativa distinta a ser parte de una mara, que lleva en el cuerpo la evidencia de su pasado, que tiene lágrimas negras que le escurren en el rostro y, en medio de los treinta y tantos grados centígrados —cargados de humedad— esconde los restos de la vida de antes con una chamarra negra que no alcanza a resguardar los tatuajes que emergen del cuello.

Y que el miedo que te eriza la piel viene de saber que dejó a sus hijos encargados en El Salvador para venirse a pedir refugio a México y podérselos traer antes de que sus enemigos les encuentren. “Buen camino, compañero, para ti y para tu familia”.

Foto: Hans-Máximo Musielik.

El valor de las mujeres que tomaron la decisión de recorrer esta ruta de riesgos y violencias como consecuencia de la violencia doméstica a manos de sus parejas —que en muchas ocasiones también pertenecen a las maras— y que buscan en México o en “los Estados” una posibilidad para ellas y para sus hijes.

O la valentía de esas mujeres que corren para treparse al tren de la muerte como una alternativa de vida, con niñas pequeñas a las que se les ilumina el rostro como si fueran en busca de aventuras que me recuerda una de las escenas finales de La Vida es Bella; con madres conteniendo el miedo y el nerviosismo, mientras se dirigen con sus hijas a un camino incierto.

Y, en medio de la crisis, la cima de la deshumanización: “uno de migración me dijo que si nos juntábamos 100 personas en caravana nadie no nos podía hacer nada…”. Y, en medio de la deshumanización, la esperanza: mientras un pequeño de 10 años se acercaba a enfermería a que le curara una torcedura de tobillo, otro niño de la misma edad—rompiendo la regla de no poder estar en la enfermería— se apresuró a decirme: “hay que sobarlo, el compañero necesita que lo sobe con una pomada, yo sé hacerlo, yo lo puedo hacer…”. Y yo me doy un respiro para contemplar aquella muestra de hermandad.

O el caso de una chica trans y su madre —una mujer mayor que detrás de su conservadurismo y resistencia a aceptar la transición de su hija esconde el terror las consecuencias de violencia de su “hijo” por ser “ahora” una mujer trans— quienes cotidianamente pelean y discuten por las diferencias sobre la identidad de la chica y el futuro que a ambas como migrantes les espera, se abrazaban el viernes pasado en medio de decenas de personas alrededor de una guitarra que vibra una canción de desamor; porque acá si hay algo que no falta es música y voces cantando.

Mientras la hija la abrazaba con ternura para disminuir el dolor de los recuerdos del pasado, ella dejaba salir su voz aguardentosa de 70 años acompañada de la nostalgia de un amor que ya se fue. Siete días después, en un evento organizado para escuchar las exigencias de personas migrantes para llevárselas al Foro Social Mundial de las Migraciones, la madre agarró el micrófono y habló entre la multitud demandándole a las autoridades mexicanas seguridad y posibilidad de una vida digna para ella y para su HIJA. No dijo hija una vez, lo dijo varias, no lo dijo con voz baja, lo habló con firmeza.

Y así, en medio de la crisis te tomas dos minutos para contemplar las joyas de humanidad que brotan aquí a cada rato, una inyección de esperanza y energía para seguir. La niñez, las personas mayores —esas quienes muchos dicen que difícilmente podrán cambiar de opinión—, la comunidad LGBT, las mujeres, los hombres que tienen tal vez un par de días de conocerse pero construyen unos vínculos tremendos en este contexto. Las muestras de solidaridad a veces son tan cotidianas y suceden en un instante y, si no pones atención, las pasas por alto y que nos demuestran que, a pesar de todo lo que está sucediendo en el mundo, podemos tener fe en una parte de la humanidad, especialmente en esa que se le endilga el calificativo de criminal.

Todo el tiempo escucho en Tenosique “destino: Monterrey”. Las autoridades migratorias tienen un cerco en el estado de Nuevo León para contener migrantes, según las estadísticas de la unidad de política migratoria los municipios que más detienen migrantes en el estado —y que no son zona metropolitana— son Galeana y China, mientras que en la zona metropolitana son Monterrey y Apodaca. Y, mientras son reales las posibilidades de encontrar trabajo en la ciudad, también son latentes las posibilidades de vivir en una ciudad con escasas posibilidades de acceder a derechos básicos como la salud, la vivienda, la educación o el registro civil —como el nieto de la señora One quien no pudo ser registrado, a pesar de haber nacido en Monterrey, hasta casi los tres años—, así como a unas condiciones laborales dignas.

El Bronco habló, ya dijo que siente a veces simpatía con Trump y reforzó el direccionamiento que ha tenido la política migratoria de los últimos años: detención y deportación; por otro lado, en el congreso del estado se busca presentar una iniciativa de ley que proteja los derechos humanos de las personas migrantes en Nuevo León. Ayer una compañera me decía que acá en Tenosique tienen total validez dos dichos: ‘todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar’ y ‘donde come uno, comen todes’.

En Monterrey cabemos todes, hay oportunidades, hay dinero y hay trabajo; hay prácticas de solidaridad, y a la par, prácticas discriminatorias y xenófobas. En los diferentes espacios de diálogo que se han generado este año hemos hablado de cómo en el debate sobre la integración no puede quedarse fuera quienes generan posibilidades de trabajo para las personas migrantes, pero sobre todo, no pueden quedarse fuera las voces de las personas migrantes, sus necesidades, sus demandas y sus exigencias, pues ellos mejor que nadie nos pueden listar todas aquellas cosas que impiden el camino de la integración.

La gente seguirá llegando a nuestra ciudad. La forma en las que recibamos dependerá muchísimo de la postura que tome el gobierno del estado, pero también de la elección que tomemos como sociedad regiomontana ¿queremos ser frontera y levantar muros o construir comunidad? La hospitalidad también es una opción y, definitivamente, es la vía más humana. Podemos empezar a ser hospitalarios y darle la bienvenida a quienes ya llegaron desde hace meses, desde hace años y están esperando que les abramos las puertas y les recibamos, así como también con quienes vienen en camino a la ciudad de las montañas.

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 *Victoria es migrante permamente, Licenciada en Estudios Internacionales. Estudiante del Doctorado en Ciencias Sociales del ITESM. Ha colaborado con organizaciones y redes especializadas en el estudio y atención de la migración.
Foto: Hans-Máximo Musielik.

 

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