El mes del orgullo

El mes del orgullo

  • Junio es el mes del orgullo que conmemora el inicio del movimiento de liberación LGBTI+ en 1969
Por Vanessa Jiménez

Cuando me invitaron a participar en esta columna acepté con mucho gusto, aunque luego me entró el nervio por no saber qué escribir pues, aunque en persona hablo mucho, sentarme frente a la computadora a organizar mis ideas me cuesta un poco más.

“Es sobre el mes del orgullo” me dijo la amiga que me invitó a escribir, así que referente a ese tema, la única experiencia que tengo es ser lesbiana.

Si bien fue hace 51 años, en junio, que la redada en el bar Stonewall marcaría el inicio de las manifestaciones públicas por el reconocimiento de los derechos civiles de las personas no heterosexuales, y que su conmemoración da a junio el nombre del mes del orgullo, la lucha por dicho reconocimiento aún es larga y en eso, para bien o para mal, tengo mucha experiencia.

Yo siempre supe que era lesbiana, quizá no con esa palabra, pero desde que era niña me gustaban otras niñas y sí, desde ese entonces, me gustaban varias.

En mi infancia eso nunca fue un problema pues era algo que simplemente estaba en mí y por mi corta edad ese no era un tema de conversación ni de importancia.

Conforme fui creciendo noté que recibía tratos distintos. En la primaria se burlaban de mi voz porque parecía de hombre y en los scouts cuando mi mejor amiga y yo nos abrazábamos, una de las dirigentes corría a separarnos, tal vez porque ya se me “notaba” lo lesbiana.

Lo que en mi primera infancia parecía no tener importancia con el paso de los años se convirtió en un motivo de vergüenza. Estudié en un colegio católico y por lo tanto basado en la dinámica de premio o castigo, cielo o infierno.

Las reglas eran muy simples: si era una niña buena no había problema, tenía garantizado mi acceso al cielo, pero si había algo en mí que no fuera agradable a los ojos de dios, entonces mi boleto al cielo inmediatamente era canjeado por un pase directito al infierno.

Así que como me corregían muchas conductas en la escuela, como no correr, no jugar en los árboles o cualquier otra actividad que se considerara “de niño” hice un esfuerzo por encajar, hasta trataba de hablar con la voz más aguda, todo con tal de no pasar una eternidad en el infierno.

Obviamente no funcionó. Mi adolescencia fue mucho más relajada pues la rebeldía natural de esa edad me hizo una mujer más fuerte, aunque durante los 3 años de secundaria siempre escuché los mismos comentarios de mis compañeras: “¿por qué no te pintas?”, “yo creo que te verías mejor si te sacaras la ceja”, “aunque sea déjame pintarte las uñas”, “¿tú por qué nunca traes aretes?” y si bien en esa etapa me sentía mucho mejor conmigo, siempre había algo que me recordaba que algo estaba mal en mí.

Luego me enamoré, de una mujer obvio, y sin duda alguna esa fue una de las más bellas sensaciones que pude experimentar.

Ella me amaba así tal cual como era yo, con mis cejas despeinadas y sin usar aretes, creo que por primera vez no sentí que había nada malo conmigo, al contrario, algo había hecho muy bien para haberme ganado el cielo en la tierra.

Sin embargo, nuestra relación fue dentro del clóset, porque éramos muy felices, pero eso sí, a escondidas.

Mi romántico amor finalmente terminó, me dejó con el corazón roto, pero con la seguridad de que ya no estaba dispuesta a vivir así, a escondidas, por el miedo al rechazo e inclusive a la violencia.

Años después, en mi juventud, conocí a Sandra. Ella hablaba abierta y públicamente de su sexualidad, hasta me tocó ver una entrevista que les hicieron a ella y a su pareja en España.

Su libertad cambió todo en mi vida, ella no le tenía (ni le tiene) miedo a nada y definitivamente fue el detonante para que yo desechara la vergüenza de un solo golpe, así nomás, de un momento para otro, por fin experimenté lo que se siente el orgullo, me sentí orgullosamente lesbiana.

Y aunque esta experiencia suene a final feliz, la realidad es que las lesbianas seguimos experimentando muchísima discriminación, de todo tipo.

Por ejemplo, a las lesbianas femme (aquellas de estética más femenina) las siguen viendo como una fantasía erótica para los hombres o bien, como mujeres a las que no les ha llegado un buen hombre que las haga sentir, por decirlo de una manera bastante decente.

Por otro lado, a las butch (mujeres de estética más masculina) somos a quienes más reclamos e insultos hay por parte de la sociedad, quizá porque nuestra apariencia por si misma, rompe las reglas sociales que nos fueron impuestas a las mujeres.

Hace algunos años me tocó ilustrar un libro sobre familias lesbomaternales y homparentales. Había una pareja de lesbianas, cuando Sandra vio el dibujo que había hecho me dijo que una de ellas no parecía mujer a simple vista, y recuerdo que le dije que en la vida real tampoco.

Así que no modificaría el dibujo, al contrario, a mi me hubiera encantado crecer viendo otros tipos de estética en las mujeres, quizá la inclusión y la visibilidad de otras formas de ser mujer hubiera evitado que yo creciera tratando de “corregirme”.

Cada marcha de la diversidad a la que asisto, hago un cartel con algún mensaje que quiero compartir. El año pasado decidí usar una de las palabras con las que más se refieren (e intentan denigrar) a las lesbianas: tortillas.

Para mi sorpresa esa imagen se volvió viral y los insultos que alguna vez recibí en mi infancia en esta ocasión llegaron por miles, literal.

Desde mi perfil de Facebook compartían mis fotos con algún mensaje insultándome, la única razón para eso: ser lesbiana, o bien, ser de las lesbianas a las que se nos nota.

Pero hubo una diferencia en ese 2019 cuando recibí los ataques digitales, yo ya no era la niña que le tenía miedo al infierno y que buscaba errores en ella.

Ahora era una mujer adulta, fortalecida y orgullosa no sólo de ser lesbiana, sino de ser visible, así que esa experiencia quedó en mi vida como una anécdota nada más.

Mi familia y el amor de las mujeres de mi vida me salvó y me ha salvado muchas veces. Ojalá que todas las personas participemos en construir un mundo más justo y respetuoso de las diferencias, que sentir orgullo de ser quién eres no sea un costo caro de asumir para nadie.


Vanessa Jiménez Rubalcava. Ilustradora y diseñadora gráfica. Lesbiana y feminista cofundadora de la asociación civil Voces de Mujeres en Acción y acompañante en procesos de aborto seguro en la Red Necesito Abortar.

 

 

 

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