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Por Deyra Guerrero

La contaminación y mala calidad del aire en el área metropolitana de Monterrey y otras ciudades de México ha sido una constante en los últimos años y no sólo no se ha encontrado una solución, sino que ha empeorado a tal grado que la sociedad se pregunta qué tanto afecta en la salud de la niñez

Enfermedades respiratorias y de la piel son los padecimientos que generalmente son asociados como consecuencia de vivir en un ambiente contaminado, y las y los menores de edad se reconocen como parte de las víctimas más susceptibles a sufrir daños. Sin embargo, la conexión de la problemática con cambios en el comportamiento siempre estuvo en duda y se consideraba únicamente un mito.

Finalmente, en lo que va del presente siglo se han desarrollado decenas de estudios que han comprobado que la contaminación -principalmente la atmosférica y de auditiva- efectivamente sí alteran el cerebro de niños, niñas y adolescentes, y por ende su conducta.

Una investigación de ISGlobal (Instituto de Salud Global de Barcelona) y varios centros alemanes, publicada en la revista Environment International, confirmó que la exposición a contaminantes atmosféricos se asocia a una mayor hiperactividad y Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) en adolescentes de la nación germánica.

El propósito del estudio fue analizar la asociación entre la exposición individual, a largo plazo, de contaminantes asociados al tráfico y la prevalencia de hiperactividad y déficit de atención en un total de 4,745 niños y niñas nacidos en áreas urbanas (Munich y zonas colindantes) y rurales (Wesel y lugares vecinos).

 

Los científicos analizaron tres momentos de la vida de los infantes: su nacimiento, a los 10 y a los 15 años. Las pruebas de déficit de atención/hiperactividad se realizaron a los 10 y a los 15 años.

Las conclusiones muestran que la hiperactividad/inatención en el grupo de 15 años se asoció con la exposición a PM2.5 (partículas en suspensión de menos de 2.5 micras, que son un indicador de la contaminación urbana) y carbón a los 10 y 15 años de edad. Esta asociación se mantiene tras ajustar varios factores como la exposición pasiva al humo del tabaco y la proximidad a espacios verdes urbanos.

 

 

Y es que los investigadores piensan que las partículas en suspensión pueden desencadenar una inflamación del sistema nervioso, como se ha observado en algunos animales.

Investigadores del Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (CREAL), centro aliado ISGlobal y la Universidad Pompeu Fabra (UPF), de España, han revisado también la relación e influencia de la contaminación acústica en el desarrollo del comportamiento de los escolares de entre 7 y 11 años de edad, de la ciudad de Barcelona, encontrando que entre mayor es la exposición al ruido y a la contaminación atmosférica, más casos de conductas inadecuadas se presentan.

El ISGlobal revela que la exposición continua a los hidrocarburos policíclicos aromáticos (HPA), que son contaminantes del aire que proceden de la combustión incompleta de materia orgánica, sobre todo de combustibles fósiles como el petróleo, de la biomasa y de otras fuentes, como el humo del tabaco y la cocina a la brasas (al carbón), se asocia con cambios en el núcleo caudado del cerebro durante la preadolescencia, lo que podría desencadenar trastornos por déficit de atención e hiperactividad.

Uno de los principales orígenes de la emisión de estas sustancias en ciudades como CDMX, Guadalajara y Monterrey, es la circulación de vehículos, pero en la última metrópoli también son muy comunes las tradicionales carnes asadas, una importante fuente contaminante del aire, además, claro, de la industria.

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