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Raúl Vera, obispo de Saltillo.

Por Deyra Guerrero

Un luchador social que por coincidencia –o “diosicencia”- también es sacerdote, es como a primera vista se puede describir a Raúl Vera, obispo de Saltillo, pero basta conocerlo más para descubrir que él ha decidido ser lo que es.

Más allá de lo divino, se trata de todo un personaje, activista, defensor de los derechos humanos y una voz escuchada en el país, por lo que en cuanto hubo oportunidad fue emprendido un viaje a la capital de Coahuila para entrevistarlo.

Es viernes 23 de marzo, por la tarde y al llegar al sótano del Museo de la Revolución, a unas cuadras de la Catedral, en el centro de Saltillo, lo primero que destaca en el lugar a medio luz es una pequeña figura medio encorvada, de un hombre de más de 70 años, de cabellera totalmente blanca, sentado entre los presentes.

Con actitud semejante a “El Pensador”, de Rodin, el prelado observa la proyección de una serie cuaresmal de videos. Al término, se pudo platicar con el obispo, tan amado por muchos por su labor a favor de los migrantes, homosexuales, pobres, encarcelados y en general las minorías vulnerables; pero odiado y amenazado de muerte por muchos otros por sus críticas al gobierno, políticos, capitalistas, narcos y en general a todos los grupos de poder. Aquí un extracto de la charla.

Cuando aparece en la sala de su casa y se sienta, lo primero que salta a la mente es preguntarle sobre la situación actual en México. ¿Debería dolernos más la violencia que prevalece en el país cuando vemos que nuestros niños, jóvenes, ancianos y mujeres están siendo dañados?

Yo creo que si a alguien le está afectando lo que pasa en México es a los jóvenes, es a los niños. Se está cerrando el futuro de este país para las personas jóvenes, pero esto tiene arreglo siempre y cuando todos los mexicanos tomemos la decisión firme de recuperar nuestra nación. ¿Y cómo se puede hacer esto? Hay muchos esfuerzos, yo estoy en uno de ellos que se llama “Una Nueva Constituyente, Ciudadana y Popular”, es decir, una educación política del pueblo y esa educación política del pueblo la va a adquirir construyendo una nueva Carta Magna. Pero esto tiene que nacer del pueblo (…) mover a través de la construcción de un nuevo pacto, de la expresión de un pacto social.

Esto es muy importante. Que la gran mayoría de las personas que participamos en el padrón electoral estemos comprometidos en esto, porque sólo así podemos aplicar el artículo 39 de la Constitución que nos garantiza a todos los mexicanos a tomar la forma de gobierno que nosotros decidamos, en cualquier momento que lo decidamos.

Todos los mexicanos debemos saber cómo se debe conducir nuestra patria, ¡todos! Y de esa manera vamos a ver si hacen todo lo que están haciendo con nosotros. Entonces, no hay de otra, los partidos políticos no son la solución.

Creo, y creo que este trabajo que están realizando ustedes pueden enfocarlo así: convencer a todos los mexicanos de que tenemos que tomar las riendas de nuestro país, pero con un proceso, en donde con una formación política, con procesos de educación popular, lo hagamos.

Muchos lo cuestionan porque habla sobre problemáticas sociales, problemáticas políticas, temas polémicos sobre los que la Iglesia no se puede mantener ajena. ¿Cómo le explicaría esto a la gente que no lo entiende?

El evangelio de Jesús…el evangelio es el evangelio del amor y el amor se tiene que manifestar con obras. Y la tarea que el Señor nos da en la Tierra es la construcción del mundo, la construcción de la historia. Y la construcción de la historia, entendida desde el evangelio es una construcción de justicia, es una construcción en el respeto, en la dignidad de todos, una construcción para que todos seamos libres. O sea, los valores universales se traducen en vida.

Los que crean que se van a ganar el cielo nada más porque rezan, o porque a lo mejor se aprenden de memoria el evangelio, pero no lo aplican, pues ¡se van a llevar la sorpresa del mundo! Porque además está bien claro en el capítulo 25 de Mateo, cuando dice, que al final se nos va a preguntar sobre el amor: tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; estuve desnudo y me vestiste; era forastero o migrante y me hospedaste; estaba enfermo o en la cárcel y me fuiste a ver.  Pero esto no es a través de una caridad, hecha con beneficencia, con asistencialismo, ¡no señor! Ni siquiera la caridad a la carta, de que yo tengo mi viejito al que le doy una camisa cada 3 meses.

Tenemos que resolver la justicia, el amor, la presencia y la vida digna para todos desde unas estructuras nuevas, unas estructuras justas que no sigan produciendo hambrientos, que no sigan produciendo sedientos, que no sigan produciendo migración forzada, que no sigan produciendo muerte en lugar de vida. Entonces esto es algo de eso de lo que nos va a preguntar el señor Jesús (…) El cielo se conquista con buenas obras, no con buenos deseos.

Entonces, ¿Qué les diría? (a quienes lo critican): ¡Oiga! Organizar el mundo de una manera diferente, esta es la tarea de nosotros los cristianos. ¡No, si por eso dicen, que el infierno está tapizado de buenas intenciones!

Jesús en su tiempo también fue tachado de ser controversial e ir a contracorriente…

¡Por supuesto! Claro que sí. ¿Por qué? A Jesús le indignaba la manera en que eran tratadas las personas, le indignaba el desprecio, de cómo se trataba a la mujer, le indignaba que se marginara a la gente, que se le excluyera. Se indignaba, ¡por supuesto!.

Entonces, ¡ay no se meta en política! ¡Óigame! La política en primer lugar es una actividad noble; segundo, es una ciencia; tercero es una manera de vivir, y una manera de pensar, de coordinarnos para lograr el bien común.

 

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