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Por Félix E. López Ruiz

 Se presume que la democracia es el sistema político ideal. En ella, en principio, se procura la igualdad, la justicia y la dignidad humana, y, mediante su abrigo, se corrigen los viejos vicios autoritarios del pasado que restringían cualquier posibilidad de participación cívica. No existe, entonces, alternativa política distinta a la demócrata que nos permita ser y vivir con libertad. Por lo tanto no debemos aspirar a vivir de ninguna otra manera, ni bajo ningún otro esquema político. La vida democrática debe procurarse ya que solamente ahí mi voz y voluntad cuentan en la suma de una gran voz y voluntad común que, por alguna razón ajena a nuestros esfuerzos, resguarda una sabiduría colectiva. He ahí el supuesto de la democracia.

Ahora bien, no hay que ser ingenuos para saber que no vivimos así y que no asoma indicio alguno que nos permita suponer que ello podrá concretarse algún día. Y esto no sólo acontece por la evidente putrefacción ética de la mayor parte de nuestra clase gobernante, quienes jugando a la política desatienden su deber y acometen con una constancia casi religiosa el mayor acto de corrupción política posible: el descuido y desatención del encargo que les ha sido encomendado. Pasa también por la ingenuidad, quién sabe si voluntaria, de quienes mayormente hemos asumido —por una comodidad irresponsable— el refrendo inconsciente de esa ilusión.

El régimen democrático vigente no es lo que promete: o llanamente no lo es. Acaso resulta confortable o pasivamente operativo y, eso sí, conveniente para esos pocos que agrupa el maridaje obsceno de la clase política profesional y el sector empresarial para el que aquella trabaja. Para que este régimen político funcione se requiere una ciudadanía verdaderamente consciente, comprometida, participativa y empoderada que, ni existe ni será autorizada por quienes tienen expropiado tal sistema. Y esto es así porque la aparición de una ciudadanía renovada (demócrata tal vez) representa un riesgo fatal y muy caro para quienes se abrogan la exclusividad de mandar y administrar para su propio beneficio los recursos y derechos de los demás —mejor si éstos lo ignoran.

Este sistema político desigual en que vivimos se funda en una ilusión democrática, y ésta sólo le interesa en cuanto ilusión o cebo: no se trata de alumbrar la ruta para arribar a ese estado sino de postergarlo: o sea mantener vigente la preocupación o la necesidad de que “algún día” arribemos al estado democrático: la ausencia de una democracia llega a ser casi el único motivo que empuja, por ejemplo, a los ciudadanos a las urnas: no se vota por uno u otro de los deplorables candidatos, sino por la responsabilidad o el sueño de que algún día exista una democracia. De modo que la ausencia de la democracia y la irreflexiva angustia por su necesidad e imperancia es uno de los pocos recursos que tiene el sistema político actual para seguir, todavía, en pie.

La incuestionabilidad de la democracia como concepto ideal empieza a resquebrajarse, en ella no es posible invertir ahora nada que le permita ser en realidad, primero porque no está en nuestras manos y segundo porque si lo estuviera y lo intentáramos, no nos lo permitirían. Mantener esa falsa realidad es dotar de impunidad al crimen de aquello que supuestamente trata de evitarse: la desigualdad. ¿Hasta qué punto debe seguir sosteniéndose esta relación sólo por la ilusión, ya poco creíble, ya casi podrida, de un mejor vivir? En este contexto, sólo hay un camino por recorrer y una cuestión por resolver: la revolución social que transforme verdaderamente nuestras realidades, ¿será violenta o no?

Filósofo, profesor universitario y miembro de la Comunidad Filofófica Monterrey AC.

 

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