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Por Alba Calderón*

Desde septiembre pasado, madres de mujeres asesinadas y desaparecidas e integrantes del Observatorio Ciudadano Nacional de Feminicidios fueron a la casa de transición del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, para pedir al próximo presidente que atienda de manera “urgente” la violencia contra las mujeres.

El 1 de julio, cuando AMLO festajaba su triunfo en el Zócalo, y tras escuchar su discurso, (donde mencionó a varias víctimas, menos las de los feminicidios), yo misma me paré entre una multitud alegre, lo más cerca que pude de él, para gritarle con todas mis fuerzas, (y hasta las que no tenía) que no se olvidara de las mujeres. Tras revisar su Plan Nacional de Paz y Seguridad, presentado hace algunos días, y ver que no fue mencionada ninguna de las violencias que sostienen el abuso contra nosotras, estoy segura de que no sólo no nos escuchó, también decidió ignorarnos.

La estrategia de seguridad anunciada por AMLO promete “nuevos paradigmas”. Habla de “erradicar la corrupción desde arriba y reducir la pobreza”. Señala que ya “nadie será torturado, desaparecido o asesinado por un cuerpo de seguridad del estado”, y que  “los presos políticos” o quienes “no hayan cometido delitos violentos” podrán aspirar a la libertad. Hablan de superar la “crisis de valores y convivencia”, y “evitar la desintegración familiar”.

Y anuncian que una de sus primeras acciones será crear una Guardia Nacional, con elementos de la Sedena y la Marina que seguirán en funciones de la policía local.

El problema es que las víctimas de los 10 feminicidios diarios, y que mantienen a 27 de los 32 estados del país en alerta de género, no disminuirán si no se reconoce el machismo generalizado en las familias mexicanas, y que se extiende a múltiples formas de abuso normalizado.

El problema es que su estrategia no evitará que el  72% de las mujeres detenidas sean torturadas sexualmente, principalmente por miembros de la Marina y la Sedena, como denunció Amnistía Internacional, si no se reconoce una profunda misoginia institucional.

El problema es que para “evitar la desintegración familiar”, se tiene que advertir que una gran parte de las niñas y mujeres son abusadas sexualmente por hombres de sus núcleos más cercanos, que raramente son llevados ante la justicia.

Aprender de los horrores que nos cuentan las víctimas, e intentar no repetirlos, NO es un ejercicio practicado con éxito en la mayor parte del mundo, sobre todo a favor de las mujeres. Podemos considerar como aleccionadores otros procesos de paz, en América Latina. Un caso ilustre es Colombia, que según la directora ejecutiva de ONU Mujeres, Phumzille Mlambo-Ngcuka es “el mejor ejemplo de una participación significativa y consistente de las mujeres en un proceso de paz”.

Los procesos de paz de Colombia tuvieron “perspectiva de género”, y como práctica obligatoria tuvieron que integrar a las voces de las mujeres en cualquier espacio. En 2015 se tipificó en ese país el feminicidio, como un delito que debería ser atendido con enfoque especial ¿El resultado? La vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, alertó hace unos días que la situación “es insostenible”, que cada dos días una mujer es asesinada por su pareja o expareja. Reconoció que según cifras oficiales más de seis mil mujeres han sido asesinadas en los últimos cinco años.

Y además el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses colombiano informó que más de 10 mil casos de violencia contra la mujer fueron reportados en 2018, y que la mayoría está en la impunidad.

Tras el fracaso anunciado por la vicepresidenta, el Observatorio de Feminicidios en Colombia explicó que las factores que llevan a estos crímenes de odio “continúan siendo justificados por parte de autoridades, de la sociedad en general y del Estado”, porque los siguen considerando “un problema del ámbito privado o de relaciones amorosas”, y que además la gran mayoría de los responsables de violentar a las mujeres “sólo son castigados tras cometer un feminicidio”.

También advirtieron que “las mujeres que una y otra vez denuncian acoso, persecución y maltrato por parte de hombres con los que sostuvieron alguna relación afectiva, obtienen respuestas insuficientes para lograr frenar al agresor”. Y denuncian que existe un sistema patriarcal seguido por los medios de comunicación, las instituciones de gobierno, los militares, las pandillas y los núcleos familiares, donde se controla a las mujeres a seguir ciertos modelos de conducta, por lo que son violentadas e incluso asesinadas.

Otro ejemplo es El Salvador, en donde, igual que en el plan de paz mexicano, la Comisión de la Verdad, que pretendía poner fin a la violencia tras una guerra civil, no se mencionó la tortura sexual cometida por miembros de la Guardia Nacional Salvadoreña ¿El resultado? Desde 2013 El Salvador se disputa como el país con el número más alto de feminicidios de América Latina.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)  señaló que durante 2017, El Salvador encabezó “sobradamente” la tasa de feminicidios de la región. Por cada 100 mil salvadoreñas, 16 fueron asesinadas, lo que Aministía Internacional calificó “encima de lo considerado como epidemia”. El más reciente informe de violencia de género, presentado por la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA) advierte que el 95% de las denuncias quedan impunes en ese país. Y que del 5% restante, la mayoría no rebasa la primera etapa del juicio, luego de que el abusador es notificado y puede volver a amenazar a la víctima.

Hace unos días, la Secretaria Ejecutiva de la CEPAL, Alicia Bárcena,  dijo que los feminicidios son “la expresión más extrema de la violencia contra las mujeres”. Y advirtió que “ni la tipificación del delito ni su visibilización estadística han sido suficientes para erradicarlo”.  Pidió a todos los países integrantes ”dar prioridad a las políticas públicas orientadas a prevenir, sancionar y erradicar todas las formas de violencia contra las mujeres”, pero en México parece que tampoco la escucharon, como al resto de las mujeres, que no son mencionadas en el Plan Nacional de Paz y Seguridad.

En 2017, el INEGI advirtió que en México hubo mil homicidios de mujeres más en comparación con 2016.  Según la experiencia de América Latina, seguir ignorando la violencia contra las mujeres no nos llevará a ninguna pacificación. En la estrategia de AMLO ni siquiera se hace mención a la problemática, y no hay ninguna promesa de paz para nosotras.

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*Alba es Periodista con 15 años de experiencia en distintos medios nacionales de prensa escrita, radio, televisión, internet y redes sociales. Feminista. Poeta.
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