fbpx
Por Cordelia Rizzo*

Conocí a Felipe Montes en un Taller Literario durante la primavera de 1995. Lo organizó en Chipinque la ASOMEX, un consorcio de Colegios Americanos en México. Era una delicia platicar con él y conocer a un ser humano que sabe trabajar con la sensibilidad humana y literaria. Tengo mucho que agradecerle, y a mis 36 también tengo otros ojos para leer mi amistad con él.

Antes que nada, haré un disclaimer: yo soy de esas personas que le habló doscientas veces a su teléfono de La Guarida (su departamento o casa antes de casarse al que nunca fui) y a su beeper. Efectivamente, hubiera querido recibir más atención de él cuando fui adolescente. Sí estaba enamorada de él, en modo puberta, pero nunca pensé que me haría caso. Como otras chicas que lo denunciaron, mis padres no estaban en casa la mayor parte del tiempo.

Felipe supo estar ahí en momentos claves para quienes integramos ese taller literario en los 90’s. Claro que su presencia era muy reconfortante para un grupo de adolescentes atípicos que no encontraban muy bien su sitio en el mundo que los parió.

Después, Felipe me ayudó -y sí, gratuitamente- a construir mi primer poemario. Lo prologó y lo presentó conmigo en 2002. Digo todo esto porque sé que una de las formas en las que Felipe está desacreditando a las denunciantes es haciéndolas parecer patéticas y aprovechadas. Le ahorraré esa maniobra discursiva.

Ahora, una segunda capa de lectura de estos años idílicos. Para cumplir 14 años organicé una fiesta en mi casa, ahí supimos las y los integrantes del taller literario que Felipe le había enviado una carta de amor a una de nuestras compañeras. Según recuerdo/recordamos el padre y madre de ella le prohibieron verlo. Pero tanto Felipe como mi compañera fueron a la fiesta. No recuerdo más. Ella no nos era muy simpática, y probablemente nuestra reacción fue de antipatía porque Felipe no elegía depositar sus afectos en alguien que fuera tan carismática y cariñosa como nos parecía él. La misma reacción –de adolescentes- tuvimos cuando nos presentó a su ex esposa, cuando aparentemente recién anduvieron. Esto lo fui platiqué y corroboré con una amiga de aquel entonces al calor de las olas de Acoso en la U.

Revisando el pasado, Felipe no podía quedar mal con nadie. Prometía algo y luego no contestaba los recados. No era el adulto en la relación. Llegaba tarde a nuestros talleres; alguna vez no fue y no avisó. Pero nunca nos enojamos con él, porque era el plato fuerte de nuestro momento cuando sí llegaba. Recuerdo haberlo esperado en Arte AC, con cita y afuera de su oficina. Me quedé un rato dormida en el sillón.

Yo veía a Felipe como un chavo que había sufrido por ser tan amoroso. Así enmarcaba su despido de una de las prepas del ITESM, a partir de lo que nos contó. Deseaba darle ese amor negado en la medida de mi comprensión adolescente. Después de la presentación de “Pneuma” en 2002 nos reencontramos en un par de visitas mías durante mis estudios de maestría en Bélgica. Platicamos de El Enrabiado, y después de eso realmente no volvimos a convivir mas que un puñado de ocasiones.

Tras mi regreso de Bélgica, a los 25, yo cambio. Algo entendí de por qué él ya no tuvo interés en ponerse en contacto conmigo. Repensaba la genealogía afectiva de mi escritura, porque en ese momento ya estaba afectada por otras influencias claves en mi vida. Lo que me había aportado Felipe ya no era absoluto.

La relación mentor-discípula es de una asimetría que no se rompe fácilmente. No es poco común entre docentes construir lazos de dependencia, con lo sencillo que es entrar en contacto con personas que pueden admirarte.

Fue muy natural este reacomodo de mi panteón personal de inspiraciones, porque yo estaba definiendo cómo quería ser como docente dentro del marco de responsabilidades explícitas (institucionales) e implícitas (socio-afectivas). Claro que mucha de mi reflexión surge de no poder restablecer relaciones de amistad con ex profesores/as. Eso me obligó a reflexionar profundamente sobre mi relación con mis figuras modélicas.

Lo que sucedió con Felipe fue muy sencillo. Fuera del ámbito fresa en el que yo me desenvolvía de chava, Felipe no era tan bien apreciado. Un ex me dijo, en tono de sorna, que Felipe era conocido por tener relaciones con sus alumnas. Me sacó de onda. Inmediatamente recordé que un par de sus parejas más importantes, durante el tiempo que fuimos más cercanos, fueron alumnas.  Después de entrar al activismo de lleno, entendí que el Felipe de mi vida era una persona conservadora. Leí ese performance de niño que tiene, y que es parte clave de cómo se presenta como escritor, dejaba de ser atractivo en un mundo que necesitaba a sus intelectuales. Ahí yo dejé de pensar a Felipe.

Estos sedimentos de mi memoria se descolocaron cuando surgió el blog de Acoso en la U. Ahí se pueden leer varias constantes de la relacionalidad de Felipe que yo puedo constatar: estar rodeado de chavas mucho más jóvenes que él, enmarcar cierta caracterización de la infancia como una virtud literaria, escapar responsabilidad… Pero ese es un comportamiento común de alguien que busca constantemente la admiración de quienes le rodean.

El ecosistema de un acosador

La búsqueda de afectos de una persona narcisa suele ser tácita y muy tenaz. El acosador podría decir muy pocas palabras, hacer muy pocas llamadas, pero tiene todo un escenario, narrativa y conductas montadas para lograr entrar en el mundo de sus objetos de deseo.

En el ecosistema que luego construyen los acosadores, yo raramente soy directamente acosada. Soy más bien la chica envidiosa que mira de reojo a sus compañeras al ‘ser distinguidas’ con la atención del macho alfa. La atención que yo recibo es menos sexual; es de hecho marcadamente asexual. Es como si dividieran el mundo, y al hacerlo, nos dividen.

Las que están en mi posición solemos estar convencidas que nuestra incomodidad es producto de baja autoestima. Puesto que la envidia muy mal vista socialmente la escondemos. Después de egresar de la licenciatura, cuando no podría haberme reprobado en mi tesis, me cayó el veinte de que mi mentor acosador efectivamente dañó a mis compañeras acosadas. A ellas las desacreditamos en sus intentos de decirnos las cosas. A mí no me agredió así, pero sí me hizo un blanco de burla en un momento. Frente a todo el salón me pidió que vendiera sus libros. A la mitad del proceso de escritura de la tesis yo sólo alcancé a decirle que no me daba confianza el modo en el que trataba a las demás personas.

A pesar de que gracias a muchas maniobras mías y de mis compañeras él creció su perfil, no me hizo una carta de recomendación para mis aplicaciones de posgrado, ni movió un dedo cuando mandé solicitud a la UNAM. A este profe le hice un pastel, le dedicábamos loas, lo queríamos porque aprendíamos mucho. En el mundo académico sabemos que ser Rey o Reina de la Simpatía es clave para avanzar en la carrera.

Acostumbrada a ironizar las burlas, en aquel entonces no viví una afectación importante con lo de la venta de libros. Pero ese evento sí fue una jugada de poder. Ex compañeras de la licenciatura, no obstante siguen justificando sus comportamientos: “Es que él es muy inteligente y le hartan las chavas tontas”, “ya sabes cómo es él”, “su esposa debe ser una mujer muy insensible”.

Lo que sigo afirmando en mi proceso personal y político es que esto es la norma o aspiración con los profesores -supongo que con algunas profesoras también. En la UDEM los vi, y los veo, despreciar tácita y/o abiertamente a las ‘niñas bobas’ y distinguir a las ‘niñas listas’. No todos acosan, cierto, pero una mayoría contribuyen al montaje y sostenimiento de estos significantes afectivos. A veces lo hacen en el no cuestionar o minimizar el alcance del daño del profesor.

Debo decir que como parte del clan de las ‘niñas listas’ no me interesaba mucho desmontar el prejuicio, pero después de ser profesora de la UDEM me cayó el veinte de cómo disciplinan su entorno.

Son hijos sanos del patriarcado. Han sido personas socialmente reconocidas. No son hombres con obras o dichos que causen gran controversia. Son dóciles y complacientes con los cotos de poder local. No ponen en peligro un solo nodo patriarcal. A algunos los han dejado salir sin aspavientos de sus lugares de trabajo y ciertamente recuperarán prestigio.

En el entorno regiomontano se han montado homenajes, loas y todo mundo habla bien de ellos. En mi etapa adulta y de trabajo en las universidades puedo ver cómo celan ese coto de admiración que ellos co-construyen. El momento de quiebre se produce a partir de que las personas de su entorno descubren que al mismo tiempo de este comportamiento deseable, se han gestado y perpetuado otras conductas. Que algo de cómo está montado este dispositivo de normalización de las conductas agresivas ya no funciona.

Claramente truena la maquinaria que habilita el acoso impune cuando las agredidas deciden que no quieren seguir calladas. Primero sobrepasan la división que se quiso imponer entre ellas, y luego estudian qué hacer con la historia.

Para mí hablar de una persona tan querida que es un agresor/a implica repensar las influencias de mi vida, mis modelos a seguir y mi vida afectiva. En ningún momento recordar mi historia con Felipe este año fue un acontecimiento inocuo. Recordé que mi mamá habló con algún padre o madre de familia que sí decidió que su hijx no volviera a las reuniones del taller literario que tuvimos de adolescentes. Ella vio que a mí me hacía bien y no puso frenos. Vi los momentos de alegría, pero también me volví a sentir despreciada en varias escenas. Las vi como constitutivas de mi universo afectivo.

Entiendo mejor la responsabilidad afectiva que tenemos las adultas con quienes son lxs jóvenes. La adolescencia me formó y me trajo hasta aquí. Es por esta responsabilidad que escribo esto. Yo ya tuve un proceso de sanación, notoriamente personal y político.

No puedo rescatarme de mi propia angustia sin asignar responsabilidad a quien no honra promesas, a quien traiciona confianza y a quien te hace un instrumento de su personalidad narcisista. Él te lo comunica con una sonrisa que tú le devuelves. Lo menos que puedo hacer por mí es no devolverle la sonrisa.

Felipe a estas alturas no me preocupa tanto. A él le toca ser señalado quizás por ser el macho más insistente en ser reconocido por su carisma. Me preocupa mucho el grupo de hermanos y hermanas machistas que solapan sus comportamientos y los de tantísimxs machos. Me obliga a marcar una posición respecto a la hermandad cultural que está protegiendo a Felipe Montes, aún si es a través de recursos baratos como entrevistas a modo o artículos mal investigados. Espero que esta pieza de escritura contribuya a desmontar ese andamiaje de la cofradía machina y pueda servir para abrazar a las víctimas. Estos intentos de hacer al victimario víctima están diseñados como granadas de fragmentación. Ya lo vimos con Donald Trump.

*Cordelia Rizzo (@cordeliarizzo) es académica y activista. Estudiosa del performance político, cómplice de Nuestra Aparente Rendición y FUNDENL. Más textos de Cordelia aquí.
¿Qué opinas?
Total
151
Compartidos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*